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Tercera parte del problema

“Este año pondré velitas a la Verge de Montserrat”, ironiza Olga, la madre de un adolescente de casi 13 años que empieza hoy 2.º de ESO en el IES Montserrat Roig (Sant Andreu de la Barca). Su hijo, con altas capacidades, ha pasado un calvario desde que empezó el parvulario con 3 años. Este curso promete ser distinto. “Me apetece ir, empezaré de cero”, mantiene la esperanza. Atrás quedan años de llantos incontenibles, cefaleas, dolores de barriga, incontinencia de orina, ansiedad. Los médicos lo han revisado de arriba abajo, por dentro y por fuera. Pruebas y más pruebas. Nada. El diagnóstico: sano. “Es un niño tranquilo, bueno, que ayuda a los demás. Le gusta la física (y va a clases los viernes), programar sus videojuegos, jugar a Lego. De niño, habló con bastante precocidad y, con 2 años, ensamblaba puzzles de adultos sin mirar la tapa. Era muy locuaz. Pero nunca le gustó el colegio. Primero lloró semanas enteras. Al final, se adaptó. Luego, no entendía que repitieran la misma explicación varias veces. Era muy rápido. Se aburría”. Cuando verbalizaba eso, los docentes lo excluían del grupo y trataban de meterlo en el mismo carril. “Está muy estimulado, se adelanta y no puede ser”, se quejaban. Cierto que en casa, se entretenía con los ejercicios de cálculo de su hermana, 5 años mayor. Con sus compañeros se llevaba bien, les ayudaba con las tareas, pero en el patio jugaba solo. “Ve la vida de forma literal. No comprendía, por ejemplo, que lo retiraran de portero de fútbol después de que le marcaran un gol y al siguiente portero, que tampoco pudo impedir un tanto, permaneciera en su puesto. Esas injusticias que otros podemos tolerar se convertían en dolor físico”. Se instaló en una tristeza permanente. En 2.º de primaria dejó de hablar hasta el punto de que la tutora anotó que tenía problemas de expresión verbal. “¿Por qué tengo que ir a la escuela si no le importo a nadie?”, preguntaba a sus padres que, angustiados, insistían que el equipo de asesoramiento y orientación psicopedagógico le hiciera un informe. “Pero siempre había alguien con una necesidad mayor que la de mi hijo, que en el fondo, sacaba buenas notas y no molestaba a los demás”. Así pasaron cinco años. Los padres ya tenían el diagnóstico privado de altas capacidades: “¿Quieres subirlo de curso? Hay tantos padres que quieren presumir…” , les espetó la directora. Finalmente, en 6.º, le dieron el informe oficial con el mismo plan individualizado, que quedó “en hacer sudokus mientras esperaba que los otros acabaran”. En el salto al instituto “tampoco tuvimos suerte con los profesores”, pero sí con una psicopedagoga que le asignaron como cotutora y que es quien les advierte, a finales de curso, que el niño ha expresado su deseo de morir. “Y lo dejó en manos de la psicóloga privada”. La familia conoció la semana pasada a su nuevo tutor. La dirección ha previsto un plan individualizado para matemáticas. Han acordado que irá a las clases de 3.º y 4.º de la ESO para evitar que el profesor de 2.º atienda a diferentes niveles en la misma clase. “Tengo un hermano con altas capacidades”, señala la madre. Fui testigo de su inadaptación social. Ahora es un ginecólogo reconocido. Hace poco le regalé el libro ¿Demasiado inteligente para ser feliz?, de Jeanne Siaud-Facchin (Paidós), y me dijo: ahora entiendo muchas cosas. A su sobrino le aconseja: “refúgiate en tus aficiones, desconecta”.

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