crea

Segunda parte del problema

“Cuando hablo, mi hija mira mover mi boca pero no me escucha”, explica Elia. “Otros sonidos, además de mi voz, invaden su oídos, el del ascensor o la ambulancia que pasa. Poco a poco ha ido aprendiendo a discernir e ignorar algunas de las percepciones porque todas juntas le crean confusión, irritabilidad. Esa concentración exige un esfuerzo doloroso pero le previene de las crisis sensoriales que en el pasado le provocaban explosiones de ira o lloros incesantes. Al principio, cuando nos decía ‘Me duele el ruido del tráfico’, le poníamos un casco que, con el tiempo, le hemos ido retirando”. Los profesores de la hija de Elia saben de la sobrestimulación sensorial que padece así que cuando la niña dice que está saturada, se va a una sala tranquila y pasa diez minutos hasta que se calma. En el comedor, a veces, no puede estar. Y come en un aula. “Son este tipo de acciones que ayudan a mi hija a estar cómoda en el centro”. Los padres con hijos con necesidades especiales, como el de Elia y su pareja, Gonzalo, conocen muy bien a sus hijos. Los han observado. Saben qué funciona y qué no funciona. Han cursado verdaderos másteres en trastornos hasta el punto de que adquieren un rico vocabulario de términos científicos. “En el fondo, te sientes muy solo, incomprendido, todo el mundo sabe lo que debería hacerse (familiares, amigos, maestros) pero sólo tú conoces a tu hijo”. A los 14 meses, la niña dormía mal, no quería comer, era muy demandante y vivía todo muy intensamente. “Pero sólo yo veía los signos de alarma. La pediatra me tranquilizaba. Al final, te acostumbras a vivir en una realidad paralela, en otra dimensión”. A los 3 años le detectaron un leve autismo, a los 5, hace tan sólo unos meses, altas capacidades. Ve más, oye más… y es altamente competente en áreas como lengua y matemáticas. Este tipo de padres conoce tan bien a sus niños que sólo quieren intentar ayudar a los maestros, darles herramientas para saber qué hacer en determinados momentos para que, al final, sus hijos se desarrollen en un ambiente de bienestar. Tuvieron un desastroso paso por una escuela pública que eligieron por su “metodología de experimentación” y “respeto por el ritmo de cada menor”. Dejaron a la niña sin escolarizar durante meses debido a su sufrimiento (chupete a la fuerza, exclusión del aula, autolesiones no detectadas…) y los desencuentros con los docentes, dirección e inspección, lograron trasladarla a mitad de curso a un nuevo centro, el Pau Vila, en Sants-Montjüic, a poca distancia del anterior. “Teníamos pánico a encontrarnos con la misma incomprensión pero nunca les estaré suficientemente agradecida por la atención que tuvieron con nosotros, por su escucha y por su flexibilidad que ha hecho la vida de la niña mucho más agradable. Ahora quiere ir al colegio”. La familia ha entrado en una nueva dimensión. Mejor dicho, el centro (equipo directivo y claustro) ha entrado en su plano paralelo. No ha empezado el curso y la tutora, Lidia, ya los ha citado. “Es una profesora muy joven que se ha tomado esto no como un problema sino como un reto”. Estuvieron más de dos horas hablando de cómo era la niña, de las estrategias que funcionaban, de las metodologías del centro y de la coordinación con el terapeuta. “Para ellos mi hija no es un problema sino una persona con su realidad”.

Anuncio publicitario