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Primera parte del problema

Se acabó el verano. Hoy 1,58 millones de alumnos en Catalunya han empezado las clases. Para muchos niños y adolescentes es un día de emociones, que empieza con el abrazo de los compañeros, reencontrados después de las unas largas vacaciones, las palabras del nuevo tutor que seguirá sus pasos, y la mirada de soslayo al aula a la que ya no irán porque ya son más mayores. En la mochila, junto al material de estreno, estrenan las expectativas de un curso con nuevos aprendizajes y ratos felices. Probablemente sea así para una mayoría. Pero existe una minoría para la que hoy no es un día feliz. Más bien es un día triste al sentirse cautivos en una escuela que no tiene cabida para ellos. Para los maestros, para los compañeros. Niños con necesidades especiales que, en un nuevo curso, cruzarán el umbral de una escuela que aún no es inclusiva. Como señala Carmen Giró, autora de E l club de los Superman. El día a día de los niños superdotados el bienestar de muchos alumnos de este perfil “depende de la suerte que tengan con el tutor o con el director”. Para evitar que sea una cuestión de “azar”, la conselleria elaboró durante años el decreto de la escuela inclusiva que se publicó hace dos –en el tumultuoso octubre del 2017 por una Clara Ponsatí a punto de marcharse del país–. No iba acompañado de una partida económica y ha quedado aguado por las prórrogas presupuestarias. El conseller Josep Bargalló reclama con insistencia un presupuesto para poder empezar a desarrollarlo con los recursos necesarios como la transferencia del conocimiento de la educación especial a la escuela ordinaria y la formación de todo el profesorado en la diferencia. A sabiendas de que la situación está lejos de ser la óptima. Baste el ejemplo de los menores con altas capacidades, caracterizados por su curiosidad, inquietud por saber, sed de conocimiento. Las familias de estos niños relatan un proceso terrorífico que empieza con su hijo aburriéndose en la escuela y sintiéndose incómodo en el grupo por la exigencia de igualarse a los demás. Negativa de la escuela a reconocer la diferencia, búsqueda de confirmación en gabinetes psicológicos privados. Malas prácticas docentes, encubrimientos de inspectores, planes individualizados que no se cumplen, negativas a acelerar el curso, dificultades para cambiarlos de centro. Presiones, denuncias. Y pánico ante la posibilidad de que, una vez pueden cambiar de escuela, puedan encontrarse con otro centro similar. Las dos historias de estas páginas ejemplifican esta deriva. Por fin, este curso, los niños que las protagonizan están contentos de ir a la escuela. Esperanzados por la perspectiva de aprender y sentirse queridos.

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