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Llevo de récord superado sin hablar con mi novia dos días

Según ‘El dilema del erizo’, la parábola escrita por el filósofo Arthur Schopenhauer, los erizos se buscan para darse calor para sobrevivir en las frías noches de invierno. Como al acercarse pueden lastimarse con sus púas, han de calibrar con cuidado la distancia de seguridad óptima que les permita recibir calor sin dolor. Schopenhauer evocaba así la paradoja de las relaciones humanas: cuanto más estrechas son, más probabilidad hay de acabar heridos, pero el alejamiento provoca a su vez sufrimiento y soledad. Todos necesitamos el calor que brinda otro ser humano -sobre todo en momentos de dificultad- pero llevamos también púas que nos pueden dañar. ¿Cómo resolver el dilema del erizo? La técnica más afinada para este fin es el diálogo. «No existe sufrimiento que no pueda ser aliviado con palabras», decía el sofista Antifonte.

Las buenas relaciones son una de las claves de la felicidad y éstas son posibles gracias al arte del diálogo. Del griego dia (dos) y logos (palabra) significa intercambio de puntos de vista. Es un coloquio en el que cada uno defiende sin imponer su propia opinión y es capaz de escuchar la perspectiva del otro. Se basa en la empatía y la oratoria: uno ignora lo que la otra persona está pensando, pero se lo figura, con la escucha verifica su representación y busca las palabras apropiadas para transmitir mejor su mensaje. El resultado deseado es el cambio y la cooperación. Confesiones, críticas y opiniones opuestas son productivas desde el plano relacional, si conseguimos enunciar el problema y basarnos en lo que nos une para resolverlo. Una pareja puede no estar de acuerdo sobre la educación de sus hijos, pero si recuerdan que el deseo mayor de ambos es el bienestar de los niños, el diálogo será posible.

CONDICIONES

Cualquier coloquio sincero deber ser preparado, sólo funciona si se dan ciertas condiciones:

La motivación. Diálogo no es desahogo, significa manejar nuestros problemas sin descargarlos sobre el que tenemos al lado. El mejor motivo es querer mejorar la relación con el otro.

La frecuencia. Cuanto más a menudo mejor y cuanto más se pospone peor. En una relación importante hay que dialogar lo más regularmente posible. Te propongo la ‘ley del tres’, que no pasen más de tres días con el problema e intentarlo al menos tres veces.

El momento. Cada cosa en su momento. Es mejor no hablar de un tema crítico si tanto tú como la otra persona estáis tensos, inquietos, estresados u ocupados. Pero no olvides concretar un día para cerrar el tema con serenidad.

La síntesis. Ve al núcleo del asunto. Después de un intercambio de ideas vendrán otras porque la mayor parte de las cosas importantes no se suelen resolver de una vez por todas. Mejor ir al grano y tratar un tema cada vez.

El tono. Es importante lo que se dice, pero más aún cómo lo dice. Evita las alusiones sarcásticas, el tono de autosuficiencia, alzar la voz, utilizar palabras que pueden herir o usar su mirada como si fueran los pinchos del puercoespín.

El respeto. Es preferible que hables de ti en lugar de acusar al otro, relatando la preocupación concreta con buen sentido del humor o sin dramatizar.

TRAMPAS Y TRAMPOSOS

El mayor obstáculo en el camino del diálogo es el desbordamiento emocional. Manejar el volcán de sentimientos que surgen desde lo más profundo cuando escucha algo que no le gusta puede ser misión imposible. Hay gente que prefiere evitar el contacto con los que son un problema para no sufrir este huracán emocional.

Otro aspecto importante es el diálogo interior negativo. Cuando Ana tiene que enfrentarse a situaciones domésticas estresantes comienza un diálogo interno en el que recrea una bronca con su marido: «Es injusto que estés tan tranquilo en el trabajo mientras yo me encargo de todo», resuena en su mente. Cuando tenemos este diálogo interno desarrollamos en el cerebro una especie de simulador de relaciones.

Otra de las trampas en el camino es la manipulación. Según Virginia Satir los manipuladores pueden asumir cuatro roles: la víctima («¿cómo me dices esto?»); el acusador («es que tú eres peor»); el interrogador («¿por qué lo dices?»); y el pasota («no le des tanta importancia»). Cuidado con ellos, su objetivo es desestabilizarnos. Aunque las capacidades retóricas a algunos les suenen falsas, ñoñas o artificiosas, son de gran ayuda para mitigar el efecto de las púas que -a diferencia de los erizos- los seres humanos llevamos por dentro, no por fuera.

Aprender a callar

Los defensores de la sinceridad a toda costa piensan que hablar es una especie de acto sagrado que lo cura todo. Lo secretos separan, es cierto, pero a veces un ataque de verborrea sin filtro puede tener consecuencias irreparables en la relación con el otro. Hoy lo socializamos todo. En ocasiones, lo mejor es aprender el arte del silencio. Hablar se convierte en disfuncional en el caso de los miedos y las obsesiones ya que hacer que alguien nos escuche confirma la validez de las percepciones y alimenta la convicción patológica. Otro momento, es cuando vamos a dañar inútilmente y el asunto no tiene arreglo. Un ejemplo claro a evitar es hablar de sus historias y aventuras sexuales pasadas con su pareja actual con todo lujo de detalles. Al principio parece un acto de sinceridad, pero es un sincericidio ya que después se puede activar la actitud paranoica de compararnos con los otros y sospechar que usted siga con sus pecadillos, dando rienda al censor que todos llevamos dentro. La oratoria y el diálogo deberían ser asignaturas obligatorias en los colegios, pero mientras tanto, si no sabes cómo van a ir las cosas mejor afrontarlas con prudencia. Prueba a seguir este esquema: 1. Pon nombre al problema. 2. Acepta las diferencias. 3. Escucha y refleja la opinión del otro. 4. Haz propuestas concretas. 5. Piensa en el interés común. 6. Pon la solución en acción. 7. Se de fiar y cumple tus acuerdos.

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