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¿Por qué es tan difícil valorar lo que se tiene?

Todavía no empezó Singularity University y sin embargo este viaje ya me brindó uno de los aprendizajes más importantes que seguramente obtenga de esta experiencia. Es más, para eso no necesité siquiera salir de Buenos Aires. Yo nunca pasé un período largo alejado de mi familia. Si bien por trabajo durante mis años en Officenet viajé mucho, en algún momento casi todas las semanas, nunca esos viajes duraron más de 7 días. Por eso, esta separación de más de dos meses es para mí explorar un territorio desconocido. Camino hacia el aeropuerto encontré un embotellamiento de tránsito enorme y estuve bastante cerca de perder el avión. Más allá del contratiempo que eso hubiera generado, con mi esposa pensábamos (mitad en serio, mitad en chiste) qué lindo tener sería ese día extra para estar juntos. Llegué 7 minutos antes de que el vuelo cerrara y logré hacer mi “check in”. No había mucho tiempo para pasar migraciones. Tenía que irme rápido. El momento de despedirme y separarme fue muy difícil y hubiera dado lo que sea por pasar un rato más con con ella y con mis chicos. Al alejarme, tuve que contener alguna lágrima y sentí como si me arrancaran una parte de mí. Supongo que no hay nada sorprendente en cómo me sentí. Cualquiera enfrentado a esa situación se sentiría de manera parecida. Pero mientras me alejaba, pensaba en ese día hipotético que hubiera existido si perdía el avión. O en esa posible hora de despedida en el aeropuerto que hubiera existido si al llegar me decían que el avión estaba demorado. Ese día, esa hora, hubieran sido realmente especiales. No hubieran sido apenas un rato más… La pregunta es por qué… Si hubo un último día antes de viajar, y una última hora antes de despedirnos, ¿por qué dejé pasar esos momentos sin pena ni gloria y no estuvieron a la altura de lo que hubiera sido ese tiempo inesperado? Tal vez sea obvio lo que digo, pero es tremendamente difícil disfrutar lo que simplemente se tiene. Hizo falta el dolor de una separación para que de repente me diera cuenta cuánto amo a mi esposa y a mis chicos. Sólo la ausencia brinda su pleno valor a la presencia. En definitiva, una vez más, de lo que se trata es de la ubicua “zona de confort”. Algo maravilloso como estar con las personas que amo cotidianamente se vuelve apenas una rutina por el mero hecho de suceder repetidamente y saber que ellos están y estarán ahí. En un ejemplo parecido, hace un tiempo hablaba con un amigo que se había separado hacía poco  de su esposa. Y me contaba cuánto había mejorado la calidad del tiempo compartido con sus hijos cuando de repente pasó de ser “rutina” a ser un recurso escaso, anhelado. Si esto sucede así con las relaciones con nuestros seres más queridos, ocurre mucho más aún con otro tipo de cosas como las posesiones materiales, los logros laborales, etc. Ahora que dejé Officenet, empiezo a extrañar y valorar muchas de las cosas de mi trabajo allí que hasta hace apenas un mes francamente me molestaban. En una de las citas más bellas de ese texto brillante que es “El malestar en la cultura”, Freud nos dice sobre la felicidad: “Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad, surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole sólo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer sólo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino el contraste, pero sólo en muy escasa medida lo estable. Así, nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución.” (la negrita es un agregado mío) Así, según esta visión, parecería imposible ser feliz por lo que se tiene mucho más allá del momento preciso de conseguirlo. La posibilidad de la pérdida o la ausencia misma (el contraste) resultan tan o más imprescindibles a nuestra felicidad como los logros mismos. Una vez más, pareciera que el ejercicio activo y consciente de salir de la zona de confort, en este caso dejando momentáneamente aquellos a quienes amamos (o aquellas cosas que poseemos) aparece como una necesidad. ¿Será realmente así? ¿Habrá que vivir generándonos activamente contrastes entre presencia y ausencia, posesión y despojo? ¿O habrá alguna manera de apreciar lo que se tiene sin necesidad de perderlo?

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