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Pablo Iglesias por fin abandona el Gobierno

La onda expansiva de la crisis política murciana, fruto del intento de Ciudadanos y el PSOE para desalojar al PP del poder en aquella comunidad, sigue generando intensas sacudidas. Tras pro­piciar el adelanto electoral en la Comunidad de ­Madrid, decidido por su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, ayer alcanzó al Gobierno central: Pablo Iglesias, líder de Unidas Podemos (UP) y vicepresidente del Ejecutivo, anunció que dejaría este cargo para presentarse como candidato de UP a las autonómicas madrileñas del 4 de mayo.

España atraviesa una etapa de agitación, y su tablero político va encadenando seísmos. Ya empezamos a acostumbrarnos a tanto trajín. Pero el de ayer fue mayúsculo. Tanto por las figuras políticas involucradas en él como por lo que tuvo de inesperado –la operación se urdió en secreto en los últimos días– y por las consecuencias que puede tener en distintos frentes.

La onda expansiva de la crisis murciana propulsa al vicepresidente hacia los comicios madrileños

Pablo Iglesias declaró ayer que el suyo era un movimiento muy meditado. No lo dudamos, pero sus efectos finales son todavía imprevisibles. Puede decirse en su favor que ha recuperado una iniciativa política que en los últimos días parecía exclusiva de Ayuso, también que seguramente movilizará a la izquierda ante el 4-M y que debería permitir a UP avanzar y mejorar unos apoyos ahora escasos. Pero este movimiento es también arriesgado. Iglesias podría acabar sentado con la oposición de la Asamblea de Madrid, puesto indiscutiblemente menos atractivo, y de menor peso, que la vicepresidencia del Gobierno que ocupa todavía. Por otra parte, no hace falta esperar al escrutinio de tales comicios para reparar en que Iglesias está diciéndonos que su etapa en el Gobierno –en el que lleva como vicepresidente tan solo un año y dos meses– está llegando a su fin. Más aún cuando apadrina a Yolanda Díaz como su sucesora para la vicepresidencia y dice que tiene madera de presidenta del Gobierno. Lo cual equivale a sugerir que el próximo candidato de UP a dicho puesto no será él, sino ella. En resumen, con estos movimientos Iglesias no solo está indicándonos que no considera prioritaria su permanencia en el Gobierno; también está señalando a la que debería ser su sucesora al frente de UP.

Este posible relevo, aunque sorprendente, no carece de sentido a la luz de lo sucedido en los últimos meses. Al vicepresidente Iglesias se le ha criticado una acción política en la que ha primado marcar el perfil de su formación en el seno del Gobierno de coalición, aun a riesgo de tensarlo y debilitarlo. Ha llamado la atención, y ha fatigado, que desempeñara su alta responsabilidad, integrado en el Gobierno de la nación, y al tiempo se comportara como un líder opositor; como si lo que hacía o dejaba de hacer el Gobierno no fuera también responsabilidad suya. Entretanto, la ministra Díaz ha acreditado gran habilidad negociadora y ha sido decisiva al impulsar los ERTE que debían aliviar los efectos de la pandemia, el nuevo salario mínimo o el acuerdo de los riders . Su valoración como ministra ha estado siempre entre las más altas del Gabinete, mientras que la de Iglesias estaba entre las más bajas.

El anuncio efectuado por Iglesias tendrá también, por todo lo dicho, sus consecuencias sobre el Gobierno de Pedro Sánchez. El presidente ya expresó ayer su beneplácito ante la recomendación de Iglesias en favor de Díaz, cuyas capacidades conoce bien, y que en adelante quizá le facilite una convivencia más plácida y productiva con sus socios de gobierno.

También a las épocas de terremotos y réplicas sísmicas les suceden otras de mayor calma. Para lograrlas, en el Gobierno o en las comunidades autónomas, es conveniente que los principales actores políticos apuesten por el diálogo, más que por la polarización y la confrontación. En el caso madrileño, a tenor de los discursos de Ayuso o Iglesias, no parece que eso vaya a ser fácil. Y, sin embargo, es imprescindible.

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