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La pasión y el deseo inmenso de escribir

El escritor guatemalteco Augusto Monterroso- famoso y admirado por el conjunto de su obra y desde luego por su microrrelato del dinosaurio que seguía ahí- solía decir que escribir un relato no necesitaba una formación especial, pero que saber si ese relato era bueno o malo sí.

Yo comparto ese punto de vista, y a lo largo de los tres días que duró este Curso de Verano, traté de fundamentar con y para los alumnos/as ese criterio de distinción, esa capacidad de leer separando, por utilizar una imagen conocida, “el trigo de la paja”. Porque para escribir bien, primero hay que leer bien; primero hay que acercarse bien a las piezas, las condiciones, las combinaciones que determinan la calidad, la grandeza, la significación de un relato. A través del análisis de cuentos de maestros del género- como Mavis Gallant, Borges o Rulfo, Italo Calvino, Julio Ramón Ribeyro o James Salter…_ y del visionado de algunos fragmentos de películas, fuimos revelando durante el Curso esos elementos, que son criterios, de calidad. Entendiendo, por ejemplo, que los grandes relatos no crean personajes de papel, sino “de carne y hueso”, que se mueven, hablan, sienten en el interior de la historia como lo harían en la vida. Que el relato es una verdadera vida para ellos. Y que los espacios que en esos grandes relatos nos encontramos, no son sólo escenarios, es decir, meros soportes para la trama, sino verdaderos protagonistas: articuladores de presencia, pero también de intriga y de sentido. Y que el tiempo puede seguir en una historia cualquier dirección, hacia adelante o hacia atrás… pero que sea cual sea la línea temporal elegida- lineal o anacrónica-, tiene que significar movimiento, vehículo de curiosidades para el lector, y de transformaciones/revelaciones para los personajes. Porque para que haya relato tiene que haber cambio; abandono de las condiciones de partida; surgimiento de otras, distintas de algún modo esencial, a la llegada. Que un buen cuento marca, en ese sentido, siempre un antes y un después. Y vimos también cómo los buenos relatos lo miran todo “con lupa”, acumulando elocuencia en pequeños detalles que dicen mucho más de lo que representan; que “clarean” lo íntimo, lo oculto, lo que no puede expresarse aún de otra manera. Y prestamos también oído a la construcción narrativa. Porque la arquitectura sonora es fundamental: tono, voces, ritmos ajustados para hacer avanzar la intriga, crecer vitalmente a los personajes; fluir el estilo, libre de tropiezos y estorbos. Y seguimos naturalmente el rumbo del sentido. Porque la grandeza de los mejores relatos tiene que ver con su capacidad de conmovernos, transportarnos, transformarnos de un modo durable. “Un buen cuento tiene que ser como un hacha contra el mar de hielo que hay en nuestro interior” dijo Kafka. No lo hemos olvidado.

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