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Incoherencia o coherencia

Se dice que se cae en la incoherencia cuando existe una falta total de coherencia entre varias ideas, acciones o cosas o bien, cuando se dice o realiza una cosa que contradice a otra, o no guarda con ella una relación lógica. Podríamos asegurar que, para nuestra desgracia, nos estamos acostumbrando a vivir en plena incoherencia. Cada vez nos resulta menos extraño observar comportamientos incoherentes en nuestro entorno personal, familiar, social y político y son ya tantos los casos o hechos de este tipo, que no nos extrañan y mucho menos, nos alarman. Por todo ello, sería una tremenda e inalcanzable pretensión por mi parte tratar de enumerar todos o la mayoría de los casos de incoherencia en nuestro entorno más o menos cercano, aunque solo fueran casos recientes y, con la finalidad de ilustrar este trabajo, solo me referiré a algunos de ellos. Venimos sufriendo años de declaraciones y ataques separatistas por parte de grupos políticos y cierto número de personas tanto en el País Vasco como, actualmente y con más vigor, en Cataluña agrupados o no en torno a determinados partidos políticos. En ambos casos, su fin único consiste en lograr la independencia de España y alcanzar un status quo como Nación o Estado que sea reconocido tanto a nivel nacional como internacionalmente. Hace ya muchos años que los españoles nos dimos y votamos mayoritariamente una Constitución democrática que, como la inmensa mayoría de todas ellas, encuadra y define como indisoluble a la nación española y que por lo tanto no hay cabida a otro tipo de interpretaciones, escisiones o cualquier tipo de componendas. Bien es cierto, que nuestra Constitución, como muchas de ellas, incluye un camino para poder ser reformada e incluso cambiada en todo su espectro y contenido y por lo tanto, dichas pretensiones tendrían perfecta cabida siempre y cuando se consiguiera cambiar dicho documento marco, aunque solo atendiendo a los pasos marcados para ello. También es cierto, que para lograrlo se precisará el concurso y aprobación de una gran mayoría de los españoles. Sabedores de que ese es el único camino, los catalanes que se sienten separatistas quieren obviarlo y pretenden darle mucha mayor consistencia y arraigo a sus decisiones adoptadas de forma totalmente parcial y darles un peso de mayor consistencia a estas que a lo expresado en la Carta Magna. No son conscientes de que sus instituciones, dimanan de dicho documento marco y que es precisamente él, el que les da valía. En otras palabras, según ellos, la Constitución es válida para crear sus instituciones, para alcanzar sus derechos y amparar sus Estatutos; pero, por otro lado, no lo es para que se respeten los preceptos y directrices marcados en ella. ¿Coherencia? Yo diría que no. Por otro lado, y dentro de este mismo capítulo, nos encontramos que desde hace algunos años venimos siendo espectadores de un bochornoso episodio con motivo de la celebración de la final de la famosa Copa del Rey. Por motivos que no viene al caso analizar o, precisamente por ello, esta final viene sucesivamente cayendo en manos de equipos de futbol que tienen sus sedes en Cataluña o en el País Vasco y, son precisamente, aquellos que aborrecen a España, su Bandera e instituciones los que se agolpan en los campos que albergan dicho evento con una doble finalidad; animar (oficialmente) a su equipo del alma, pero fundamentalmente, participar en la tangana abucheando al Himno Nacional y a Su Majestad el Rey, porque, a su entender, ninguno de ellos les representa. Aquí no acaba la cosa, ya que, al finalizar el encuentro, la afición del equipo ganador, lo festeja como si de uno de los principales eventos nacionales o mundiales se tratara. Alardear de y airear un trofeo que supone o representa lo contrario a sus “sentimientos” se ha convertido en uno de los actos centrales del final de la temporada. ¿Coherencia? Yo diría que no. Si alguien, férrea y convencidamente, no comulga con una idea, un símbolo o una institución, debería abstenerse de participar desde el principio en cualquier evento que los ensalce. Con ello, dejaría clara y patentemente su idea de ruptura con algo que no va con su pensamiento o deseo. Al contrario, parece que dicho torneo les da alas y, mucho me temo, que se esfuerzan en conseguirlo para airear al mundo entero un bochornoso espectáculo, que en muchos países está totalmente prohibido, penado y resuelto; pero que, en España, una vez más la justicia, lo ampara en la manida y casi siempre recurrente “libertad de expresión”. Libertad, que no es igual para todos los signos o manifestaciones y, que en muchos casos y tras diversas artimañas, se convierte en “manifestaciones de odio”. ¿Hay alguna manifestación de odio mayor que la que acabo de relatar? A mi entender, no. Venimos observando que algunos partidos políticos, a pesar de ser de corte nacional e, incluidos en lo que se viene a denominar el grupo de los constitucionalistas, entienden que su tarea consiste solo en desgastar al gobierno y máxime, si este es de centro derecha. Se le critica todo lo que hace, ya sea en materia presupuestaria, el mundo laboral o en lo referente a la defensa del orden y unidad institucional. Tengo la sensación que lo que estos buscan con su negativa al dialogo y al encuentro razonado y razonable no es lo mejor para todos, sino crear una incertidumbre interna y externa que dé la impresión de que todo lo que aquel haga, está mal hecho por definición. En cualquier caso, se le acusa de inacción o de falta de dialogo o, por el contrario, de sobreactuación u obtener ciertos resultados positivos precisamente debidos a dicho dialogo con otros grupos de diverso corte, que como todos sabemos, aunque lo que buscan es simplemente arrimar el ascua a su sardina, son el único clavo ardiendo al que acogerse para poder seguir adelante y que España sea un país más o menos gobernable. En definitiva, aquellos que tienen en su mano evitar que se pierda tiempo en disquisiciones de poca monta o se produzcan ciertas e innecesarias desviaciones mediante un dialogo sensato y acuerdos de calado, se oponen a todo y no son capaces ni siquiera de intentarlo. Eso sí, cuando el gobierno alcanza acuerdo por pírico que este sea, no dudan en tacharlo de miserable y contra natura. ¿Coherencia? Yo diría que no. Hemos sido testigos de profundos cambios y mutaciones en las propuestas e idearios del actual y recuperado máximo dirigente del principal partido de la oposición sobre temas de tanta transcendencia como pude ser el futuro de España como tal o si pretende convertirla en un Estado federal, Nación de naciones, aunque estas solo sean culturales o un maremágnum que no hay nadie que lo entienda y, mucho menos, lo pueda explicar con cierta consistencia. Tras atravesar un año de total inseguridad política, precisamente por la postura cerrada de dicho personaje, ahora, arropado y aupado por un puñado de seguidores entre su militancia que, a duras penas, supera los 74.000, todo apunta a que se pueda volver a la misma situación por allá determinadas ofensas personales y sin importarles para nada las derivas que tanto su partido como España puedan tomar. ¿Coherencia? Yo diría que no. Vemos a diversos partidos políticos que, al tratar de pescar en los mismos caladeros de votos, no se arremedan en negarse el agua, la sal o un asiento a la lumbre; ponerse a caer de un burro y declararse su odio eterno, como si de enemigos acérrimos e irreconciliables se tratara. Pero, que una vez pasado el trago del proceso electoral, todo parece olvidarse y pronto surgen las alianzas bajo la mesa y con nocturnidad o los pactos para determinadas presiones y mociones de censura contra el enemigo a batir, que por supuesto, no es de su cuerda. Se quitan o mueven sillas y sillones sin importar ni tener en consideración, que el nuevo elegido a ocuparlas, pudiera ser, como ya hay casos, mucho peor política o moralmente que el defenestrado. ¿Coherencia? Yo diría que no. Hablando de mociones de censura, un concepto legal y muy democrático, todos deberíamos saber que el que la presenta es porque no está de acuerdo con el gobierno de turno y sus políticas y porque, al mismo tiempo, cuenta con un candidato y un programa alternativo. Una vez presentada, ambos son los que deben ser puestos en tela de juicio, de tal modo y manera que, si prosperan y cuentan con los respaldos necesarios y mayoritarios, tomen la alternativa de gobierno. No es un fenómeno muy frecuente entre los políticos, precisamente por las dificultades que ello encierra. Pero, de pronto, en las últimas semanas, se han convertido en una especie de divertimento para algunos partidos, que las airean y lanzan sin presentar ni candidato ni programa alternativo; solo para poner en aprietos al contrario en el gobierno o no, o, por el simple hecho de darse publicidad, aunque sea a costa de entorpecer las políticas en marcha y perder un tiempo precioso. ¿Coherencia? Yo diría que no. Bochornosos ejemplos de lo dicho en párrafos anteriores sobre los radicales cambios de criterio los hemos tenido en la reciente y encarnizada lucha por la secretaria general del PSOE, en donde los diversos candidatos y sus acólitos no han escatimado en apreciaciones despectivas sobre el contrario –que no oponente- y en promesas de abandono del barco si su candidatura no salía vencedora. Ahora, aunque muchos aseguran no coincidir con esta idea, creo que donde dije digo, digo Diego y, a otra cosa mariposa. Hubo un caso de un importante dirigente regional que me impactó. Le escuché asegurar que volvería a su bata de médico al día siguiente del proceso en ciernes si su candidato no salía vencedor y ahora, en menos de una semana, le he escuchado defender encarecidamente a su contrario y a sus “flamantes” ideas sobre el futuro de España. ¿Coherencia? Yo diría que no. Especial mención debe hacerse al tema de la recuperación económica y, en cierto grado, laboral en España. Son hechos patentes y evidentes, que no tienen refutación aunque si se pueden mejorar. Pero, aquellos que nos llevaron al borde del abismo, hoy pregonan a bombo y platillo que la política adoptada ha sido un error; que ellos pretenden derribar todo lo construido en dichas materias y, que en lugar de proceder a perfeccionar lo que empieza a funcionar, se debe volver a la senda que nos llevó al fracaso. Un fracaso, que tantas penalidades nos trajo a todos y por el que muchos, aún siguen arrinconados en la cuneta. Seguimos sin sentarnos a definir una política educativa a pesar de la contundencia de los informes al respecto. El tema de las pensiones, preocupa al mundo entero, pero aquí seguimos sin decidirnos a tomar el toro por los cuernos. ¿Coherencia? Yo diría que no. Estamos cansados y totalmente hartos de ver portadas y grandes titulares en los que determinados medios de comunicación invierten toneladas de tinta, espacios en las redes o minutos de edición para poner de manifiesto la corrupción de deplorables personajes que, aprovechándose de su posición política y de la confianza de muchos españoles de buena fe, emplearon sus cargos para beneficiarse y mucho personalmente o para hacer ricos a sus familiares y amigos. Yo no soy partidario de que nada se oculte; al contrario, hay que denunciar toda corrupción y despreciar y castigar duramente a sus autores, pero siempre y cuando las cosas estén bien claras y nunca violando el principio de la presunción de inocencia. Principio, que en España hemos derrumbado de una patada, que nadie cumple y que además se machaca reiteradamente al presentar cada nueva noticia de cualquier caso ya viejo y desgastado como si se tratara de una nueva corruptela. Pero que lo que más me sorprende, es que medios de afamada y grande tirada nacional, que invierten tanto esfuerzo en dichas denuncias, dediquen espacios minúsculos cuando aquella “terrible y fatídica noticia”, a la que se le sacó mucha punta durante días y días, es archivada por la justicia o el caso es sobreseído por falta de pruebas fehacientes. ¿Coherencia? Yo diría que no. Para la desgracia colectiva, el tema de la incoherencia no es un fenómeno que se ciñe al ambiente nacional. En el mundo que nos rodea también viene siendo un tema socorrido. Así nos encontramos con las razones, seguidores y defensores del famoso Brexit que, basado en medias verdades, grandes mentiras y espectaculares falacias, ha llevado a un país serio, práctico y por lo general flemático a una situación sin salida y de muy poco recorrido; que supondrá una grave pérdida para todos, e incluso para ellos mismos. Una salida que ahora es defendida a capa y espada, e incluso con los dientes, por la Primera Ministra británica, la Señora May; quien, a la sazón, encabezaba las huestes que, en su día, defendían en no al mismo. ¿Coherencia? Yo diría que no. Otro de los ejemplos flagrantes es el del flamante presidente de EEUU, el Sr. Trump quien no ha cejado en esfuerzos para denostar a la OTAN, sus miembros, cometidos y misiones; augurando su defunción en breve y resulta, que aprovecha la primera Cumbre a la que asiste, para abrirse espacio a codazos entre sus pares para salir con su cara airada en primera plana y para pedir más unidad e involucración en nuevas y peligrosas misiones. Un hombre que acusaba a su contrincante político de estar respaldada por los rusos y a pocos meses de aquello, cada día, deja más pistas de sus propias y personales conversaciones, apaños e, incluso, transferencia de secretos con aquellos mismos a los que anteriormente criticaba. Alguien que se erige como el árbitro del mundo, que encabeza y coordina todas las acciones más relevantes en el planeta, pero que se aparta definitivamente de los tibios pasos dados en París para superar, o al menos combatir, los males que se asocian con el cambio climático. ¿Coherencia? Yo diría que no Otros graves ejemplos de este mal los encontramos entorno a la propia existencia, nacimiento, crecimiento, financiación y determinados trapicheos con el autodenominado Estado Islámico. Son ya demasiados los que poco a poco se descubren como autores o implicados en todos o algunos de aquellos elementos y ahora, por otro lado, se apuntan entre los que encabezan la lucha contra su causa.  Igualmente, me veo obligado a criticar el doble rasero que se adopta con respecto a las victimas producidas por los actos de terrorismo de los movimientos yihadistas dependiendo del país donde estas se produzcan o de la naturaleza o religión de las mismas. ¿Coherencia? Yo diría que no. Por último, y por no cansar más al sufrido lector, no quisiera terminar ni pasar por alto los actos referentes al apoyo y acogida a los refugiados ocasionados por las guerras, a los que se ven obligados a emigrar de sus yermas y desoladas tierras y, en general, a combatir el hambre y la enfermedad en el mundo. En muchos de los casos, ante noticias tan sobrecogedoras, nuestra actitud consiste simplemente en el olvido o, a lo sumo, en pagar fuertes sumas para que sean otros los que se preocupen de ello y de ellos aunque sea en condiciones inhumanas o absolutamente inenarrables. ¿Coherencia? Yo diría que no.

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