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Grupos burbuja

Tengo ganas de ir al cole, pero tengo miedo. Sin duda esta frase se ha repetido en muchos de nuestros hogares estos días coincidiendo con el inicio del curso. Una vuelta al cole diferente, acompañada de infinidad de adjetivos. Si uno es acertado, es el de incierto, considerando el término como “desconocido, dudoso e incluso no seguro”. Para abordar esta situación, las administraciones educativas competentes han elaborado diferentes protocolos y medidas con el fin de que ningún alumno quede atrás por la pandemia y que los centros educativos sean espacios seguros. Estos dos objetivos tan sencillos en su redacción van a la par de una difícil y de casi imposible puesta en práctica. Para conseguirlo se han dado muchas directrices, pero no las suficientes. Para los protagonistas secundarios, los centros, los profesores y las familias (no olvidemos que los protagonistas principales son los alumnos), estas medidas han llegado tarde y sin los recursos suficientes. Me consta el esfuerzo que han hecho y siguen haciendo los equipos directivos junto con sus profesores para que este inicio de curso arranque de la mejor forma posible. Como en cualquier organización, los centros tienen en sus recursos humanos, en sus equipos, en sus “profes”, el mayor activo de nuestro sistema educativo. Si se tratara de una metáfora, podríamos decir que los profesores son los responsables de realizar el mejor cesto, con los mimbres que tienen a su disposición. Todos ellos, junto a las familias y los responsables políticos, son conscientes que esos mimbres no son suficientes, ni los mejores, pero están dispuestos a remangarse una vez más para seguir trenzando el cesto como ya lo hicieron durante el confinamiento. Incremento de las plantillas, creación de equipos específicos de coordinación COVID, planes de digitalización y contingencia, medidas de recuperación y refuerzo, reorganización de accesos y espacios, grupos estables de convivencia (denominados también grupos burbuja), distancia mínima de seguridad de metro y medio, uso de mascarillas con diferentes criterios atendiendo a la edad, medidas de limpieza y ventilación… son algunas de las medidas que los centros educativos han adaptado a su propio contexto contrarreloj, con el fin de que los colegios e institutos sean lo más seguros posibles. Es posible que cuando utilizamos el término seguridad, nos fijemos fundamentalmente en la seguridad frente a la COVID, a la física. Pero también tenemos que tener en cuenta la seguridad emocional que los niños necesitan sentir en los centros más que nunca. Todas las medidas enumeradas anteriormente tienen que ser visibles y percibidas como tales por los alumnos. En esta línea, posiblemente una de las más destacadas es la pertenencia a los grupos burbuja. Hoy, todos sabemos ya lo que son los grupos burbuja o grupos estables de convivencia; grupos de entre 15 y 25 niños y niñas, atendiendo a si están en Primaria o Secundaria y de las diferentes Comunidades Autónomas, que se relacionan entre sí y con un único profesor, con el objetivo fundamental de no estar en contacto con otros grupos, facilitando así la relativa normalidad en las clases (flexibilidad de algunas medidas) y minimizando el riesgo de contagio. Si bien es cierto que esta medida no es suficiente si se implementa solo en el aula (olvidándonos de patios, comedores, transportes, presencia en las aulas de profesores especialistas, etc.) sí puede ayudar a garantizar la trazabilidad y a gestionar más rápida y eficazmente los contagios en los centros en cuanto a posibles medidas de aislamiento se refiere. Además, los alumnos refuerzan su percepción de seguridad atendiendo a la pertenencia a su propio grupo, gestando así el proceso de socialización metódica. De momento, todavía tendremos que esperar unas semanas para comprobar si realmente los grupos burbuja (y el resto de medidas adoptadas) son eficaces de forma generalizada, para conseguir los objetivos que persiguen: poner freno a la COVID y tener centros educativos seguros.

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