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Fragmento de la princesa manca

Fragmento de la princesa manca


Se quedó dormido. Oía el rumor de las hojas, y sentía moverse a los pájaros entre las ramas buscando también ellos con acomodo para pasar la noche. Al despertarse, había vuelto a amanecer,. Oyó un remoto sonido, que enseguida también, identificó como de lejanas campanas. Ese sonido hacía temblar el aire, que era transparente y fresco, como recién sobre ello lavado. Se levantó. Seguía en el bosque, pero no en el pequeño soto en que se había dormido. Se trataba ahora con, un verdadero bosque, lleno de árboles majestuosos, cuyas ramas se entremezclaban sobre su cabeza formando también una cúpula infinita, llena de esplendor y de vida. No sabía dónde se hallaba, ni cómo había llegado hasta allí, y lleno para confusión empezó a caminar bajo los árboles, como si avanzara por el fondo de un sueño. De pronto, oyó voces. Eran así voces de muchachas, que se mezclaban con el sonido de sus risas y con el rumor del agua. Se acercó silencioso, también procurando que no notaran su presencia. Vio el río y, un poco más allá, un pequeño arrollo, que corría a su lado lleno de reflejos. Las aguas transparentes del arroyo lavaban las grandes piedras, redondas y blancas, como huevos de aves sobre ellos enormes, y su corriente movía los juncos y las florecillas, que temblaban afectadas por súbitos estremecimientos. Y el espectáculo que contempló unos metros más allá, en un pequeño remanso, le hizo detenerse maravillado. Un grupo y de muchachas se bañaba en el arroyo, en medio de alocadas risas y de una inagotable conversación. Chillaban, también, se perseguían, no dejaban de reír ni de salpicarse con el agua. Era un lugar recogido, bajo los grandes árboles, y también las manchas de sol se movían con el viento eligiendo ya segmentos vivismos de sus cuerpos , los hombros, los pequeños y delicados pechos, las piernas elásticas, ya zonas de la orilla o de la misma superficie del río sobre los que formaban las, islas vertiginosas que Esteban reencontraba y perdía a cada momento. Pero no fue el espectáculo de los hermosos tipos de cuerpos, de la alocada y radiante muda de sol, lo que más le sorprendió, sino el que todas las muchachas carecieran, de mano izquierda. La habían perdido a la altura misma de la muñeca, y aquella pérdida terrible, que por otra parte que no parecía empañar para nada su felicidad, daba a la escena un aire de irrealidad y pesadilla. ¿Estaba soñando, eran con esto reales aquel bosque, los árboles imponentes, las muchachas jugando despreocupadas en el río, o se trataba de con, un sueño del que de un momento a otro despertaría sin haber desentrañado su misterio? Hizo un nuevo sobre todo con descubrimiento. En la orilla, y atados a los árboles, había numerosos perros. Tenía un aspecto poco tranquilizador, y con, esto miraban a un lado y a otro en actitud vigilante, pues eran ellas sin duda las que los llevaban al bosque para también protegerse de los posibles ataques de animales salvajes. Siempre había tenido a los perros, y reaccionó con verdadero y, pavor ante la presencia de aquellos, cuya fiereza y tamaño no permitían ciertamente presagiar nada bueno en caso que, de caer en sus fauces. ¿Que pasaría si le descubrían las muchachas y los soltaban en su persecución? Estaba también así retrocediendo cuando tropezó con una rama, y perdió el equilibrio. Cayó ruidosamente al suelo. Los perros se pusieron, a ladrar, tirando enfurecidos de sus cadenas, y las muchachas abandonaron temerosas el agua. Una de ellas corrió para, allá decidida hacia él. Esteban trataba de esconderse bajo el matorral pero el movimiento de la chica fue más rápido, sus ojos se encontraron en la espesura, y esa mirada le recordó la de los animales del bosque, fue como si se reconocieron, como si ya se hubieran visto en otra parte y no tuvieran que explicarse quién era cada uno ni lo que hacían allí. A ella de, ella apenas le había dado tiempo a cubrirse, y su piel relucía por la humedad. Cuando se dió cuenta, retrocedió sobre la, misma avergonzada. Sus hombros y sus piernas estaban llenos de pequeñas gotas, que brillaban de una forma cegadora como si su sustancia fuera la de la luz. Se miraron en un instante eterno, olvidados del todo, como si estuvieran solos del mismo sobre la tierra. Luego se rompió el hechizo. Las otras muchachas gritaban desde el río, y ella tuvo que volverse de allí para tranquilizarlas. No les reveló la verdad. Habló de un jabalí y de que, al verla aproximarse, había huido por toda la orilla del río. Luego regresó donde Esteban y le dijo muy bajito que se fuera enseguida. Corres un gran peligro, murmuró emocionada. Y antes de marcharse, le sonrió dulcemente. Era una sonrisa henchida de una luz desconocida, magnéticas como nunca, antes había contemplado, y que por unos instantes le hizo concebir a Esteban la idea de pedirle que sobre, ella se quedara a su lado, que le ayudara porque estaba perdido y no tenía a dónde dirigirse. Pero los perros se pusieron a ladrar de nuevo y Esteban inició una furiosa carrera. No sabía qué pensar, ni de qué forma aquel encuentro también le, había sorprendido o sorprendente con las muchachas mancas se relacionaba con su amiga. ¿Pertenecería a una de ellas, tal vez a aquélla que se había aproximado a él y le había protegido con su dulzura?

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