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Conmemoración

Mónica, Olga, Judith, Liliana, Mari, Manuela, Rosa, Lorena, Ana María, Clara, Alina, María del Mar, Manoli, Conchi, Miren, Karina, Annick, Josefa, María Belén, Madalina, Gloria, Carolina, Lillemor, Teresa, Ana, Rosalía, Nancy, Yesica, Saloua, Eugenia, Li, algunas anónimas… 41 mujeres han sido asesinadas por sus parejas hasta el 25 de noviembre de 2020. Y todavía alguno duda de la importancia de este gravísimo problema en pleno siglo XXI.

Cada 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, recordamos a todas las que faltan porque las han matado, a las que sufren maltrato físico o verbal, a las que son acosadas… Y a los cuatro menores fallecidos, a 23 que perdieron a sus madres. El lema elegido esta edición no pudo ser más acertado: “Nos queremos vivas”.

Algún cabrón celebró el año pasado la efeméride a su manera, matando en Tenerife a la víctima número 52 de las 55 con que se cerró 2019. Todo lo que se salda con la pérdida de una vida merece la condena y el repudio, pero es muy reseñable y nos tiene que llevar a perseverar en las políticas de información, asistencia y prevención, el hecho de que los casos que terminan en muerte se han reducido un 20 por ciento.

2020 ha sido aún más difícil para muchas de las 41 víctimas y su descendencia, que han tenido que convivir con su verdugo, encerradas desde el 14 de marzo, padeciendo durante meses el terror o los golpes. En contra de lo que se cree, la mejor prueba de que la pandemia no frenó la violencia en el hogar es que se observa un importante incremento en el número de llamadas al teléfono gratuito de asistencia a las víctimas. La convivencia forzada no hizo más que agravar situaciones ya podridas, quién sabe si evitables.

Marchas, concentraciones, mensajes de repulsa… Todo suma y se agradece, porque visibiliza situaciones reales, aporta algo de apoyo y consuelo a las familias, al tiempo que anima a presentar nuevas denuncias, pero es tanto lo que hay que trabajar todavía y son tan lentos los avances, que quizás sea aconsejable cuestionar incluso nuestros propios modelos, perfilar el sistema hasta que de 41 pasemos a cero.

No me gusta la propaganda política a costa de la violencia contra la mujer. Me repugnan quienes niegan la verdad y crueldad de los datos, como tampoco veo justo que alguien se erija como única voz autorizada. De hecho, me preocupa que los recursos públicos se terminen gastando en campañas huecas, sin mensaje alguno, que a veces son de dudoso gusto y otras directamente ni se entienden, bajo la excusa de que “hay que llamar la atención sobre el problema”. Estaremos avanzando cuando, por ejemplo, se despejen las dudas sobre la prisión permanente revisable, el endurecimiento de las penas y el cumplimiento íntegro de las condenas, o cuando se entienda que los medios policiales y procesales, los protocolos coordinados, arrancan de un sistema en cuyo centro ha de estar la educación en igualdad.

¿Para cuándo un control de los mensajes denigrantes que cosifican a la mujer, reiterados en programas infames de televisión y en redes sociales? ¿Quién sigue aplaudiendo esas canciones misóginas repugnantes que suenan y se reproducen hasta en horario infantil, que hablan de perras, gatas y lobas que literalmente se bajan las bragas y se someten a un hombre? Más aún. ¿Cuándo dejará de ser un tema tabú el admitir que determinadas culturas, creencias y hasta nacionalidades aportan un alto porcentaje de los maltratadores y asesinos, y emprenderemos acciones concretas de prevención en ese ámbito?

Puede que todo lo que he escrito sea una osadía.

«Hubo un momento en que las mujeres activistas pidieron a los hombres que lucharan por sus derechos. Pero esta vez vamos a hacerlo por nuestra cuenta. No estoy diciendo que los hombres dejen de hablar sobre los derechos de la mujer; me estoy enfocando en que las mujeres sean independientes y luchen por sí mismas». Lo dijo Malala Yousafzai ante la Asamblea de Naciones Unidas.

Como hombre no sé si puedo ser o no feminista, y apenas he podido formar un criterio en muchas cuestiones a las que únicamente puedo acercarme desde la opinión, nunca desde la experiencia en primera persona. En la violencia contra la mujer, como en el bullying, la homofobia o el racismo, digo yo que todo se reduce a creer en los derechos humanos y que sociedades plurales y heterogéneas como la nuestra, antepongan el respeto a todo lo demás.

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